Nuestro Marx o la clara honradez de las ideas

Hora de publicación: 3:05 pm Clasificado en Perfiles y escrito por Antonio Gramsci

“Marx no ha escrito un credillo, no es un mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio. Su único imperativo categórico, su única norma es: “Proletarios de todo el mundo, uníos”. Carlos Marx es para nosotros maestro de vida espiritual y moral, no pastor con báculo. Es estimulador de las perezas mentales, es el que despierta las buenas energías dormidas que hay que despertar para la buena batalla. Es un ejemplo de trabajo intenso y tenaz para conseguir la clara honradez de las ideas, la sólida cultura necesaria para no hablar vacuamente de abstracciones. Es bloque monolítico de humanidad que sabe y piensa, que construye silogismos de hierro que aferran la realidad en su esencia y la dominan, que penetran en los cerebros, disuelven las sedimentaciones del prejuicio y la idea fija y robustecen el carácter moral. Carlos Marx no es para nosotros ni el infante que gime en la cuna ni el barbudo terror de los sacristanes. Es una parte necesaria e integrante de nuestro espíritu, que no sería lo que es si Marx no hubiera vivido, pensado, arrancado chispas de luz con el choque de sus pasiones y de sus ideas, de sus miserias y de sus ideales.”

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¿Somos marxistas? ¿Existen marxistas? Tú sola, estupidez, eres eterna. Esa cuestión resucitará probablemente estos días, con ocasión del centenario, y consumirá ríos de tinta y de estulticia. La vana cháchara y el bizantinismo son herencia inmarcesible de los hombres.

MARX NO HA ESCRITO UN CREDILLO NI ES UN MESÍAS QUE HUBIERA DEJADO UNA RISTRA DE PARÁBOLAS CARGADAS DE IMPERATIVOS CATEGÓRICOS

Marx no ha escrito un credillo, no es un mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio. Su único imperativo categórico, su única norma es: “Proletarios de todo el mundo, uníos”. Por tanto, la discriminación entre marxistas y no marxistas tendría que consistir en el deber de la organización y la propaganda, en el deber de organizarse y asociarse. Demasiado y demasiado poco: ¿quién no sería marxista?

Karl Marx

Y, sin embargo, así son las cosas: todos son un poco marxistas sin saberlo. Marx ha sido grande y su acción ha sido fecunda no porque haya inventado a partir de la nada, no por haber engendrado con su fantasía una original visión de la historia, sino porque con él lo fragmentario, lo irrealizado, lo inmaduro, se ha hecho madurez, sistema, consciencia. Su consciencia personal puede convertirse en la de todos, y es ya la de muchos; por eso Marx no es sólo un científico, sino también un hombre de acción; es grande y fecundo en la acción igual que en el pensamiento, y sus libros han transformado el mundo así como han transformado el pensamiento.

Marx significa la entrada de la inteligencia en la historia de la humanidad, significa el reino de la consciencia.

Su obra cae precisamente en el mismo período en que se desarrolla la gran batalla entre Thomas Carlyle y Heriberto Spencer acerca de la función del hombre en la historia.

Carlyle: el héroe, la gran individualidad, mística síntesis de una comunión espiritual, que conduce los destinos de la humanidad hacia orillas desconocidas, evanescentes en el quimérico país de la perfección y de la santidad.

Spencer: la naturaleza, la evolución, abstracción mecánica e inanimada. El hombre: átomo de un organismo natural que obedece a una ley abstracta como tal, pero que se hace concreta históricamente en los individuos: la utilidad inmediata.

Marx se sitúa en la historia con el sólido aplomo de un gigante: no es un místico ni un metafísico positivista; es un historiador, un intérprete de los documentos del pasado, pero de todos los documentos, no sólo de una parte de ellos. Leer más »

Thoreau: un hombre en cuerpo y alma

Hora de publicación: 4:29 pm Clasificado en La desobediencia civil, Perfiles y escrito por Henry Miller

“Una condición ideal de vida no existe jamás en ningún lugar. Vivir nuestra propia vida sigue siendo el mejor modo de vivir, siempre lo ha sido y siempre lo será. La trampa, el mayor desengaño está en renunciar a vivir a nuestro aire hasta el día que se cree una forma ideal de gobierno que nos permita llevar una vida mejor. Llevad una vida ejemplar, enseguida, en cada instante, al máximo de vuestras capacidades, e indirectamente, inconscientemente, lograréis la foma de gobierno más cercana a lo ideal.”

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Tan sólo hay cinco o seis hombres en la historia de América, que para mí tienen un significado. Uno de ellos es Thoreau. Pienso en él como en un verdadero representante de América, un carácter que, por desgracia, hemos dejado de forjar. De ninguna manera es un demócrata, tal como hoy lo entendemos. Es lo que Lawrence llamaría “un aristócrata del espíritu”, o sea, lo más raro de encontrar sobre la faz de la tierra: un individuo. Está más cerca de un anarquista que de un demócrata, un socialista o un comunista.

Henry D. Thoreau (1817-1862), individualista y crítico feroz de la sociedad, defendió el retorno a la naturaleza y la desobediencia civil frente al poder. En Walden narra su aislamiento voluntario en el bosque durante más de dos años.

De todos modos, no le interesaba la política; era un tipo de persona que, de haber proliferado, hubiera provocado la no existencia de los gobiernos. Esta es, a mi parecer, la mejor clase de hombre que una comunidad puede producir. Y es por eso que siento hacia Thoreau un respeto y una admiración desmesurados.

LOS HOMBRES ÍNTEGROS SIEMPRE ELIGEN EL CAMINO DIFÍCIL

El secreto de su influencia, todavía latente, es muy simple. El fue un hombre en cuerpo y alma, con un pensamiento y una conducta en perfecto acuerdo. Asumió la responsabilidad de sus acciones y de sus afirmaciones. La palabra compromiso no existía en su vocabulario.

América, a pesar de todos sus privilegios, apenas ha producido un puñado de hombres de este calibre. La razón es obvia: los hombres como Thoreau nunca estuvieron de acuerdo con el sistema de su tiempo. Ellos escogieron el camino arduo, no el fácil. Creyeron, ante todo y sobre todo, en sí mismos, no se preocuparon de lo que podían pensar de ellos sus vecinos, y no titubearon en desafiar al gobierno cuando estaba en juego la justicia. No hubo inclinación en sus concesiones: se les podía adular o seducir, jamás intimidar.

Los ensayos que recoge este volumen fueron en su origen discursos, hecho bastante importante, si se piensa lo difícil que sería hoy, sí, el dar una expresión pública a semejantes sentimientos. La noción misma de “desobedicencia civil” es hoy día impensable. (Menos quizá en India, donde en su campaña de resistencia pasiva Gandhi usaba este discurso como texto). En nuestro país un hombre que se atreviera a imitar la conducta de Thoreau, con referencia a cualquier problema crucial de nuestro tiempo, sería, sin duda, condenado a cadena perpetua. Es más: nadie movería un dedo para defenderlo como, en su día Thoreau defendió el nombre y la reputación de John Brown.

Como siempre ocurre con las afirmaciones francas y originales, estos ensayos se han convertido en clásicos. Y esto significa que, a pesar de tener la potencia de forjar un carácter, ya no influyen en los hombres que gobiernan nuestro destino. Se recomienda su lectura a los estudiantes, son fuente perpetua para el pensador y el rebelde, pero para gran parte de los lectores ya no tienen importancia, no contienen un mensaje.

La imagen de Thoreau ha sido fijada para el público por educadores y “hombres de gusto”: es la imagen del eremita, del excéntrico, de la broma de la naturaleza. Como Emerson y Whitman, él indicó el justo camino, el camino difícil, como ya he dicho. Como pueblo nosotros hicimos una elección diferente. Y ahora estamos recogiendo los frutos de nuestra elección.

En la oscuridad de los hechos cotidianos los nombres de Thoreau, Whitman, Emerson se elevan como faros. Pagamos un vago tributo verbal a su memoria, pero seguimos ignorando su sabiduría. Nos hemos convertido en víctimas del tiempo, miramos el pasado con aflicción y queja. Es demasiado tarde para cambiar, pensamos. Pues no. Como individuos, como hombres nunca es demasiado tarde para cambiar. Y es esto exactamente lo que estos obstinados precursores afirmaron toda su vida. Leer más »