Ley de partidos políticos: instrumento corrupto hecho por corruptos
En los primeros momentos desde el nacimiento de un nuevo ser con el divino encargo de recordarnos la desigualdad jurídica predominante en la historia natural del hombre asistimos a la debacle, la destrucción y el ridículo de la legislación nacional acerca de los partidos políticos.
Dicha legislación me parece, como así hice constar en su día, indefendible y ofensiva para la democracia. En el campo de las ofensas al igual que en cualquier otro caben sin embargo escalas y grados. En un país, cualquiera, es mucho más infame el despotismo de los hombres con poder que el de las leyes y es por ello que ningún despotismo que se preciase de serlo, que hallase su motivación precisamente en serlo, ha dado a luz grandes ordenamientos jurídicos o constituciones que pasasen de ser entretenimiento de eruditos ajenos a la realidad. Incluso la ley más obscena puede ser un obstáculo para los manejos del proclive a la obscenidad puesto que en ésta hay implícita una carga de arbitrariedad que rara vez una norma puede condensar sin resultar completamente prescindible, inútil, inconcebible. Y es que incluso tales leyes condenarían al gobernante que rigiese bajo ellas y las ignorase a ser visto, con justicia, como un tirano y un delincuente: lo cual, con toda justicia de nuevo, legitimaría a cualquiera a intentar tomar el poder por la fuerza en cualquier circunstancia. En dicho sentido resulta aleccionadora, por poner un simple ejemplo, la afirmación de Bruto en la serie “Roma” (que se está emitiendo en Canal +, por cierto) cuando tratando de convencer a su madre Servilia de abandonar la ciudad antes de que llegue César, en rebeldía contra el Senado romano, le dice: “César podrá gobernar la ciudad por un tiempo pero tarde o temprano otro hombre ambicioso le matará y ocupará su lugar“. Por supuesto este caracterizado Bruto sería, junto con otros, ese “hombre ambicioso”… La traición no prospera, cabe concluir, por lo que el atropello habrá de ser ante todo un acto de fuerza y dicha fuerza no ha de ser subordinada a procedimiento o ley alguna que pueda hacer peligrar esa amenaza que constituye su único sostén.
Es por todo esto el porqué siento más aborrecimiento por los actos del actual gobierno de la nación, el gobierno de la oligarquía partitocrática, que por la ley de partidos antidemocrática existente. Si el actual gobierno no quiere cumplir la actual ley de partidos por mor de sus ansias de llegar a acuerdos con la banda terrorista ETA haría bien en derogarla y asumir las consecuencias políticas de ello en lugar de incumplirla tan ostensible como arrogantemente. Supone a tales efectos sumamente indignante, irritante, ¡insultante!, el que el señor Zapatero se pasee por lo largo y ancho de España semana sí semana también afirmando que el gobierno cumplirá con celo una ley de partidos cuya decisión de inaplicarla todos sabemos que es de larga data. ¡CIUDADANOS!: ¡Nos roban la libertad y le llaman liberación!
Bien es cierto que en tan nefastos actos tienen el apoyo de un curioso político metido a juez llamado Baltasar Garzón: que con tal de agradar al presente gobierno está cayendo en las más oscuras simas de lo indigno puesto que sólo le resta emitir un auto afirmando desconocer la existencia de la banda terrorista ETA o mostrar su inclinación por un proceso de ilegalización del PP bajo la acusación de ser un grupo terrorista… Ríanse quienes gusten pero incluso estas sinrazones se me antojan posibles a la luz de los presentes hechos y lo que a todas luces parecen planes largo ha trazados: la reinstauración del partido único en España.
La ley de partidos, en realidad cualquiera que se haga, en el actual régimen político es antidemocrática porque consagra un principio de disciplina obligatoria en los partidos políticos (por mucho que proclame la constitución que los instrumentos internos electivos han de ser “democráticos”: puesto que quiénes crearon tal constitución tenían por “democrático” algo que, como sabemos de sobra, no pasaba del votar y votar pueden hacerlo unos cuantos en un despacho…) y porque, y es lo más importante, integra a los partidos políticos en la disciplina del estado: los convierte en parte integrante del estado. ¿Cómo hace eso? Muy sencillo: estableciendo que los partidos políticos han de ser autorizados por el estado y (lo más efectivo y que se atreve a ser causa de lo anterior) pagados por él graciosamente. ¿Qué mayor obediencia que la provista por esa forma de consenso llamada soborno? ¿Qué mayor fascismo? Hay quienes olvidan a menudo qué es el fascismo y pretenden tener ideas fascistas sin serlo aventurándose en lo irracional. Pero resulta que uno de los detalles configuradores del fascismo es el establecimiento, la búsqueda, de una “democracia” sin partidismos, es decir: el partido único. Bajo la dictadura del general Francisco Franco existía una organización del poder formalmente fascista porque existía, presuntamente, un partido único conocido por “Movimiento Nacional”. Como cualquiera que no se halle invadido por un sentimiento de nostalgia falsificada he comprobado, hemos comprobado (por las corrupciones y desunión que ha permitido el régimen consensuado) que no estamos en democracia sino que el antedicho Movimiento Nacional ha sido sustituído por cuatro o cinco partidos políticos que esencialmente se muestran de acuerdo en mantenernos en la servidumbre política a los ciudadanos y ahogar las voces disconformes en el seno de los partidos políticos. Y es por ello que tenemos la ley de partidos que tenemos.
Pero habrá quienes me acusen de ser un idealista alocado por condenar la ley de partidos y que la justifiquen a título de excepcionalidad necesaria para el acoso y derribo de la organización terrorista ETA y su entorno justificador. La necesidad de excepcionalidad la determinan en favor del ahogamiento financiero de los etarras: “no puede ser que los contribuyentes paguemos a los etarras a través de Batasuna” dicen. ¡Pero es que no puede ser que los llamados contribuyentes paguemos a partido político alguno! Si la ley que establece sopa boba para los partidos políticos desapareciese Batasuna recibiría sus dineros exclusivamente de su gente afín y de aquéllos que intimidados por las amenazas contribuyesen (¡menudo festín “analogizador” para los anarquistas esto último!) y eso es del todo perseguible sin prohibir partido político alguno, de entrada. Bastaría con perseguir al dinero y ello es mucho mejor que perseguir las ideas, como estipuló el legislador en la ley de partidos al establecer como una de las causas de ilegalización la no participación de principios democráticos. Porque… ¿qué clase de democracia es esa que acepta una descripción determinada de lo democrático y condena al resto al arroyo de lo delictivo? ¿Qué clase de democracia es aquella en la que existen delitos de opinión? Tal vez sea esa clase por la que no puede existir decencia política, por lo que no puede existir libertad política, en España y otros lugares. Esa clase de régimen en el que no puede esperarse nada decente o moral del ciudadano por hallarse en un entorno inmoral y marrullero en el que el adelantado y el aventajado no es quien vale sino quien repta en reptil actitud por las paredes de despachos y cloacas de lo subvencional. Ya saben: esa clase de país que cuenta entre sus principales cargos a un ser corrupto y miserable como Pepiño Blanco, al que como dije no le faltan aduladores de más bajas, y más prostituíbles, ambiciones. Ante tal panorama, que el propio sistema crea, parece del todo natural el utilizar el derecho penal para prevenir el error o la mentira en el ciudadano, como si ello no fuese función exclusiva de la sociedad y la conciencia: ambas cosas, como digo, en extremo desprestigiadas y vilipendiadas en España.
Renunciemos a esa excepcionalidad hecha regla cuyo nombre no es otro que el de corrupción. No aceptemos medios corruptos de unos para acabar con la corrupción de los otros. No conseguiremos nada sino contribuir en último término a la completa destrucción de la nación a través del ciudadoso cuidado de unos cimientos podridos que son del todo insalvables. Construyamos sin embargo nuevos cimientos en los que las voces de los fascistas periféricos, los criminales y los corruptos encuentren efectiva sordina. Avancemos, en definitiva, a esa más equitativa forma de gobierno conocida por democracia, ese régimen bajo el cual un político no podrá ser magistrado de un tribunal sin ser llamado fatuo y en cuyo seno la traición de un dirigente político y su camarilla encontrará censura de una asamblea de hombres libres. No os conforméis con la excepción, seamos la regla. “Hermanos, ¿hay necesidad de exponer las razones?”.
“¿Qué me importa, al fin y al cabo, la existencia de una autoridad que vele en todo momento porque mis placeres sean tranquilos, que vaya por delante de mis pasos apartando los peligros sin que yo tenga ni que pensar en ellos, si esta autoridad, al mismo tiempo que me evita hasta las menores espinas en mi camino, es dueña absoluta de mi libertad y de mi vida, si monopoliza el movimiento y la existencia hasta el punto de que todo languidezca a su alrededor cuando ella languidece, que todo duerma cuando ella duerme, que todo perezca cuando ella muere?” Alexis de Tocqueville dixit.
Salud y libertad