Hora de publicación: 10:20 pm Clasificado en DEMOTECA y escrito por Jesús Nava
“En cuanto a los prejuicios que tienen los hombres debido a la educación y la costumbre, favorable a una forma o a un sistema de gobierno determinados, esos prejuicios tiene todavía que pasar por la prueba de la razón y la reflexión. De hecho, esos prejuicios no son nada. Ningún hombre tiene prejuicios favorables a algo que sabe que está mal. Siente apego a ello porque cree que está bien y, cuando ve que no es así, desaparece el prejuicio. Cabría decir que hasta que los hombres piensen por sí mismos, todo es prejuicio y no opinión, pues no es opinión sino aquello que es resultado de la razón y la reflexión. No creo que jamás se haya tratado al pueblo de Inglaterra con justicia y honestidad. Le han engañado partidos y hombres que se ha arrogado el carácter de dirigentes. Basta con que los hombres piensen sobre estos temas y no actuarán mal ni se dejarán dirigir mal. El decir que cualquier pueblo no está capacitado para la libertad, si pudiera demostrarse eso, probaría por igual que quienes gobiernan no están capacitados para gobernarlo, dado que forman parte de la misma masa nacional.”
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En su última obra, su Llamamiento de los Whigs nuevos a los viejos, ha citado unas diez páginas de Derechos del hombre y, tras tomarse esa molestia, dice que no va a “hacer la menor tentativa de refutarlos”, refiriéndose a los principios que en ellas figuran. Conozco lo bastante bien al Sr. Burke para saber que lo haría si pudiera. Pero, en lugar de discutirlos, inmediatamente después se consuela diciendo que “él ya ha hecho su parte”.
CUALQUIER COSILLA PUEDE CONMOVER A UN PARTIDO, PERO TIENE QUE SER ALGO GRANDE PARA PODER CONMOVER A UNA NACIÓN
No ha hecho su parte. No ha cumplido su promesa de comparar las constituciones. Inició la controversia, lanzó el desafío y ahora huye de él, de modo que se convierte en un caso ejemplar de su propia opinión de que “¡Ha terminado la era de la caballería!”.

El título, tanto como el fondo, de su última obra, su Llamamiento, es su condena. Los principios tienen que defenderse por sí solos, y si son buenos no cabe duda de que lo lograrán. El ponerlos al abrigo de la autoridad de otros hombres, como ha hecho el Sr. Burke, hace que infundan sospechas. El Sr. Burke no es muy aficionado a compartir sus honores, pero en este caso está compartiendo arteramente sus errores.
Pero ¿quiénes son esos a quienes el Sr. Burke hace su llamamiento? Un grupo de pensadores pueriles, de políticos a medias nacidos el siglo pasado, hombres que no han llegado más allá con ningún principio de lo que les iba bien para sus fines como partido; la nación nunca importaba, y ése ha sido el carácter de todos los partidos, desde aquella época hasta hoy. La nación no advierte en esas obras, en esa política, nada que merezca su atención. Cualquier cosilla puede conmover a un partido, pero tiene que ser algo grande para conmover a una nación.
Aunque no advierto nada en el Llamamiento del Sr. Burke de lo que merezca la pena tomar mucha nota, sin embargo hay una expresión acerca de la cual haré unas observaciones. Tras citar prolongadamente Derechos del Hombre, y negarse a discutir los principios contenidos en esa obra, dice: “Es muy probable que esto lo hagan (si es que se piensa que tales escritos merecen otra refutación que la de la justicia criminal) otros que pueden pensar como el Sr. Burke y con el mismo celo”. […]
Pero, al igual que me abstengo de publicaciones innecesarias por una parte, igual por la otra evito todo lo que pudiera parecer un orgullo herido. Si el Sr. Burke, o cualquier persona de su bando en la controversia, hace una respuesta a Derechos del Hombre que llegue a la mitad, o incluso a la cuarta parte del número de ejemplares a que llegó Derechos del Hombre, replicaré a su obra. Pero hasta que ocurra eso, me orientaré hasta tal punto por el sentido del público (y bien sabe el mundo que no soy adulador) que lo que él no crea merecer la pena de leerse no merecerá para mí la pena de contestar. Supongo que el número de ejemplares a que llegó la primera parte de Derechos del Hombre, si se cuentan Inglaterra, Escocia e Irlanda, no es inferior a los cuarenta o los cincuenta mil.
ES MEJOR OBEDECER UNA MALA LEY, MIENTRAS SE PROCURA QUE SE DEROGUE, QUE VIOLARLA POR LA FUERZA
Paso ahora a observar sobre la parte restante de la cita que ha hecho el Sr. Burke. “Si”, dice éste, “es que se piensa que tales escritos merecen otra refutación que la de la justicia criminal.” Perdóneseme el juego de palabras, pero bien criminal habría de ser la justicia que condenara una obra como sucedáneo de la posibilidad de refutarla. La mayor condena que se le podría imponer sería la de refutarla. […]
Sería un acto de despotismo, lo que se califica en Inglaterra de poder arbitrario, promulgar una ley que prohibiese investigar los principios, buenos o malos, en los que se base esa ley, o cualquier otra.
Si una ley es mala, una cosa es oponerse a su aplicación, pero otra muy distinta es exponer sus errores, o razonar sus defectos, y demostrar los motivos por los que se debería derogar, o por qué se la debería sustituir por otra. Siempre he mantenido la opinión (y la he convertido también en mi práctica) de que es mejor obedecer una ley que es mala, y al mismo tiempo aprovechar todos los argumentos posibles para demostrar sus errores y procurar que se derogue, que violarla por la fuerza, porque el precedente de infringir una ley mala podría debilitar la fuerza y llevar a una violación discrecional de las que son buenas.
Lo mismo cabe decir con respecto a los principios y las formas de gobierno o las llamadas constituciones y las partes de que se componen.
Es por el bien de las naciones y no por los emolumentos o el engrandecimiento de individuos determinados por los que se debe establecer el gobierno, y por lo que la humanidad soporta el gasto de contribuir a él. Los defectos de todo gobierno y de toda constitución, tanto de principio como de forma, deben, por el mismo razonamiento, estar tan sometidos a discusión como los defectos de una ley, y todo hombre tiene para con la sociedad la obligación de señalarlos. Leer más »
Hora de publicación: 8:15 pm Clasificado en Comunicados y escrito por Administrador
Agradecería que difundiesen la siguiente iniciativa entre sus socios. La hemos llamado “Apoderados por La Libertad” y su objetivo es animar a los españoles a que ejerzan de apoderados en El País Vasco y en Navarra.
No es una iniciativa partidista. Se trata de luchar por la libertad en toda España.
Ya se han apuntado bastantes personas, pero necesitamos muchas más.
La página es www.apoderadosporlalibertad.wordpress.com, aunque también aparece en http://www.hazteoir.org/node/10080
Muchas gracias.
José Ramón
P.D.: no hace falta ser militante de ningún partido para ser apoderado. Y por supuesto, se puede votar en blanco.
Hora de publicación: 2:03 am Clasificado en Asociacionismo, Comunicados y escrito por Administrador
Hola:
Nos complace anunciar que la AVE, la Asamblea de Votación Electrónica, comparece a las próximas Elecciones Generales y Elecciones Autonómicas Andaluzas
La AVE se orienta especialmente a los votantes que no han decidido el sentido de su voto o su forma de participar. Se constituye como una Asamblea Virtual, en reunión permanente y accesible desde cualquier lugar.
El compromiso que asume con sus afiliados es el de garantizarles una información independiente, una discusión civilizada y una votación directa trasladada a las cámaras de representación de manera transparente.
Para conseguir estos objetivos, la AVE como partido renuncia a asumir una ideología o programa, así como a participar en el gobierno y a depender de préstamos de entidades financieras.
La AVE representa un nuevo modelo de participación política, como se explica y se debate en su página Web http://laave.org y que se expresa en forma resumida en sus reglas directrices http://laave.org/node/11/
No dudes en visitar nuestra página para interesarte por este nuevo y ambicioso proyecto con el que esperamos revitalizar la participación política en nuestro país.
Sin otro particular, recibe un cordial saludo.
Hora de publicación: 9:07 pm Clasificado en DEMOTECA y escrito por Baruch de Spinoza
“Cada ciudadano no es autónomo, sino que depende jurídicamente de la sociedad, cuyos preceptos tiene que cumplir en su totalidad, y no tiene derecho a decidir qué es justo o inicuo, piadoso o impío. Antes al contrario, como el cuerpo del Estado se debe regir como por una sola mente y, en consecuencia, la voluntad de la sociedad debe ser considerada como la voluntad de todos, hay que pensar que cuanto la sociedad considera justo y bueno, ha sido decretado por cada uno en particular. Por eso, aunque un súbdito estime que las decisiones de la sociedad son inicuas, está obligado a cumplirlas. Cabe, sin embargo, cuestionar si no es contra el dictamen de la razón someterse plenamente al juicio de otro y, en consecuencia, si el estado político no es irracional. Ahora bien, dado que la razón no enseña nada contrario a la naturaleza, enseña paladinamente a buscar la paz, la cual no se puede alcanzar sin que se mantengan ilesos los comunes derechos de la sociedad; por lo cual, cuanto más se guía el hombre por la razón, es decir, cuanto más libre es, con más tesón observará los derechos de la sociedad y cumplirá los preceptos de la suprema potestad, de la que es súbdito. Más todavía, el estado político, por su propia naturaleza, se instaura para quitar el miedo general y para alejar las comunes miserias; y por eso busca, ante todo, aquello que intentaría conseguir, aunque en vano, en el estado natural, todo aquel que se guía por la razón.”
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La constitución de cualquier Estado se llama política (status civilis); el cuerpo íntegro del Estado se denomina sociedad (civitas); y los asuntos comunes del Estado, cuya administración depende de quien detenta el poder estatal, reciben el nombre de asuntos públicos (res-publica). Por otra parte, los hombres, en cuanto gozan, en virtud del derecho civil, de todas las ventajas de la sociedad, se llaman ciudadanos; súbditos, en cambio, en cuanto están obligados a obedecer los estatutos o leyes de dicha sociedad. Finalmente, ya hemos dicho que existen tres tipos de Estado político: democrático, aristocrático y monárquico.
EL DERECHO POLÍTICO ES EL MISMO ESTADO NATURAL DE UNA MULTITUD QUE SE GUÍA COMO POR UNA SOLA MENTE
Por el capítulo precedente consta que el derecho del Estado o supremas potestades no es sino el mismo derecho natural, el cual viene determinado por el poder, no de cada uno, sino de la multitud que se comporta como guiada por una sola mente. Es decir, que, lo mismo que cada individuo en el estado natural, también el cuerpo y el alma de todo el Estado posee tanto derecho como poder tiene. Y, por lo mismo, cada ciudadano o súbdito posee tanto menos derecho cuanto la propia sociedad es más poderosa que él. En consecuencia, cada ciudadano ni hace ni tiene nada por derecho, fuera de aquello que puede defender en virtud de un decreto general de la sociedad.

Si la sociedad concede a alguien el derecho y, por tanto, la potestad (pues, de lo contrario, sólo le habría dado palabras) de vivir según su propio sentir, cede ipso facto algo de sus derechos y lo transfiere a quien dio tal potestad. Pero, si concedió a dos o más tal potestad de vivir cada uno según su propio sentir, dividió automáticamente el Estado. Y si, finalmente, concedió esa misma potestad a cada uno de los ciudadanos, se destruyó a sí misma y ya no subsiste sociedad alguna, sino que todo retorna al estado natural. Todo ello resulta clarísimo por cuanto precede.
Por consiguiente, no hay razón alguna que nos permita siquiera pensar que, en virtud de la constitución política, esté permitido a cada ciudadano vivir según su propio sentir; por tanto, este derecho natural, según el cual cada uno es su propio juez, cesa necesariamente en el estado político. Digo expresamente en virtud de la constitución política, porque el derecho natural de cada uno (si lo pensamos bien) no cesa en el estado político.
Efectivamente, tanto en el estado natural como en el político, el hombre actúa según las leyes de la naturaleza y vela por su utilidad. El hombre, insisto, en ambos estados es guiado por la esperanza o el miedo a la hora de hacer u omitir esto o aquello. Pero la diferencia principal entre uno y otro consiste en que en el estado político todos temen las mismas cosas y todos cuentan con una y la misma garantía de seguridad y una misma razón de vivir. Lo cual, por cierto, no suprime la facultad que cada uno tiene de juzgar; pues quien decidió obedecer a todas las normas de la sociedad, ya sea porque teme su poder o porque ama la tranquilidad, vela sin duda, según su propio entender, por su seguridad y su utilidad.
Por otra parte, tampoco podemos concebir que esté permitido a cada ciudadano interpretar los decretos o derechos de la sociedad. Pues, si le estuviera permitido, cada uno sería ipso facto su propio juez, ya que no le sería nada difícil excusar o revestir de apariencia jurídica sus actos. Organizaría, pues, su vida según su propio sentir, lo cual es absurdo.
Vemos, pues, que cada ciudadano no es autónomo, sino que depende jurídicamente de la sociedad, cuyos preceptos tiene que cumplir en su totalidad, y no tiene derecho a decidir qué es justo o inicuo, piadoso o impío. Antes al contrario, como el cuerpo del Estado se debe regir como por una sola mente y, en consecuencia, la voluntad de la sociedad debe ser considerada como la voluntad de todos, hay que pensar que cuanto la sociedad considera justo y bueno, ha sido decretado por cada uno en particular. Por eso, aunque un súbdito estime que las decisiones de la sociedad son inicuas, está obligado a cumplirlas.
EL ESTADO POLÍTICO NO ES IRRACIONAL NI CONTRARIO AL DERECHO NATURAL
Cabe, sin embargo, cuestionar si no es contra el dictamen de la razón someterse plenamente al juicio de otro y, en consecuencia, si el estado político no contradice a la razón. Pues de ahí se seguiría que el estado político es irracional y que no podría ser creado sino por hombres desprovistos de razón, pero no, en modo alguno, por quienes se guían por la razón. Ahora bien, dado que la razón no enseña nada contrario a la naturaleza, la sana razón no puede decretar que cada individuo siga siendo autónomo, mientras los hombres están sometidos a las pasiones; es decir, que la razón niega que eso pueda suceder.
Añádase a ello que la razón enseña paladinamente a buscar la paz, la cual no se puede alcanzar sin que se mantengan ilesos los comunes derechos de la sociedad; por lo cual, cuanto más se guía el hombre por la razón, es decir, cuanto más libre es, con más tesón observará los derechos de la sociedad y cumplirá los preceptos de la suprema potestad, de la que es súbdito. Más todavía, el estado político, por su propia naturaleza, se instaura para quitar el miedo general y para alejar las comunes miserias; y por eso busca, ante todo, aquello que intentaría conseguir, aunque en vano, en el estado natural, todo aquel que se guía por la razón.
Por consiguiente, si un hombre que se guía por la razón, tuviera un día que hacer, por orden de la sociedad, algo que, a su juicio, contradice a la razón, ese perjuicio queda ampliamente compensado por el bien que surge del mismo estado político. Pues también es una ley de la razón que, de dos males, se elija el menor. Podemos concluir, pues, que nadie hace nada contra el dictamen de la razón, siempre que obra tal como ordena el derecho de la sociedad. […] Leer más »
Hora de publicación: 3:50 pm Clasificado en Debate y escrito por Jesús Nava
-Comentario-
Del artículo que me recomendó leer, me gustaría comentar los siguientes párrafos, por haberme llamado la atención especialmente:
“Después de tomar de este modo uno tras otro a cada individuo en sus poderosas manos y de moldearlo a su gusto, el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre su superficie con una malla de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes, entre las que ni los espíritus más originales ni las almas más vigorosas son capaces de abrirse paso para emerger de la masa; no destruye las voluntades, las ablanda, las doblega y las dirige; rara vez obliga a obrar, se opone constantemente a que se obre; no mata, impide nacer; no tiraniza, pero mortifica, reprime, enerva, apaga, embrutece y reduce al cabo a toda nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el gobierno.”
Este tipo de sociedad se parece mucho a la actual. Donde las voluntades se han doblegado de tal manera que la mediocridad reina en las mentes y los corazones.
“Creo que si el despotismo se estableciera en las naciones democráticas contemporáneas, tendría otras características; sería más amplio y más benigno, y degradaría a los hombres sin atormentarlos.”

El despotismo está instaurado en las democracias contemporáneas, se llama corrupción. Se compra de forma suave corrompiendo el alma de los seres en cosas pequeñas primero, después pasa a mayores, y de esa forma gradual y sin darse cuenta el ser humano ha caído en las garras del déspota. Se corrompen instituciones enteras de esta forma. Cuando los hombres son despojados de su alma, de sus principios, de su honor, se convierten en sombra manipulada “degradada sin atormentarse”. Esclavos del déspota.
“En efecto, se hace más difícil concebir cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a ellos mismos podrían elegir acertadamente a quienes han de conducirles; y no es posible que un gobierno liberal, enérgico y sabio, se establezca con los sufragios de un pueblo de esclavos.”
He observado cómo la mayoría de los hombres y mujeres necesitan de un líder. No saben actuar correctamente sin ser guiados. Cuando encuentran a ese líder o, mejor dicho, cuando ese líder les encuentra a ellos, se dejan dominar por él, no se cuestionan sus órdenes, sólo le siguen y punto.
¿Cómo podríamos conseguir sociedades democráticas con gente que no sabe andar el camino con compañeros, con iguales, que necesitan sentirse por debajo o por encima de los demás?
¿Cómo podríamos conseguir sociedades democráticas sin espíritus críticos y libres? Una sociedad democrática implicaría un cambio de mentalidad individual de los seres humanos, una revolución interior y profunda de que todos somos iguales, que todos podemos aportar, de que todos somos necesarios, que nadie es más que nadie.
¿Estamos acaso preparados para andar ese camino? ¿Hemos dejado de ser esclavos que buscan a amos que los dirijan?
-Respuesta-
Das en el clavo hasta con las preguntas que haces. Estamos, en efecto, más que nunca, en ese período del “estado social democrático” (Tocqueville se refiere de esta forma, más que nada, a un estado social de notable igualdad) que nos degrada sin atormentarnos, y nos rebaja por debajo del nivel de humanidad.
Vivimos bajo una nueva forma de despotismo, para la que Tocqueville quería buscar un nuevo nombre. Podríamos llamarlo Estado Paternalista, puesto que su objetivo es infantilizarnos, o Estado Providencia, ya que vela por nosotros de modo tan sobreprotector que llegará el día en que nos eximirá hasta de la responsabilidad de pensar, de sentir, de actuar, de elegir… y hasta de vivir. “No podemos conducir por ti”… ¡Ay, si pudieran!
He leído que el actual ministro de Sanidad ha encargado una macroencuesta para averiguar qué y cómo comemos los españoles. Se han atrevido a meterse en nuestro aliento y en nuestra sangre, aunque no hayamos infringido ninguna ley, para detectar lo que bebemos o fumamos… Acabarán metiéndose en nuestra cocina y en nuestra alcoba, para husmear en nuestros pucheros y en nuestros genitales. ¡Déspotas desgraciados!
Pero lo más trágico no es la corrupción gubernamental, y no olvidemos que el despotismo ya es corrupción, sino la imbecilidad de los gobernados. Los gobernantes, en cuanto el pueblo deja de vigilar, y se enfrasca en sus asuntos privados, se convierten en lobos, incluso bajo una democracia auténtica. Jefferson ya lo advirtió. Por eso, en países con relativas libertades, como España, no se podría comprender ese “conformismo” indecente de los votantes con “lo que hay”, si no nos lo aclarara la psicología individual y social:
“En nuestros contemporáneos actúan incesantemente dos pasiones opuestas; sienten la necesidad de ser conducidos y el deseo de permanecer libres. No pudiendo acabar con ninguna de estas inclinaciones contradictorias, se esfuerzan por satisfacer ambas a la vez. Conciben un poder único, tutelar, todopoderoso, pero elegido por los ciudadanos. Combinan la centralización con la soberanía del pueblo. Esto les permite cierta tranquilidad. Se consuelan de su tutelaje pensando que son ellos mismos quienes eligen a sus tutores.”
Todo se puede explicar. Los fenómenos tienen causas, a veces desconocidas, pero jamás incognoscibles. A los españoles de hoy les encanta vivir enjaulados, mientras la jaula sea dorada y les den alpiste. Pero no me refiero únicamente al pueblo llano, sino sobre todo a los intelectuales, profesionales y universitarios que, poseyendo una cultura superior, tienen una conducta moral notablemente inferior.
He intentado asociar en la ALCD a los que libremente quisieran organizarse para difundir e instaurar los valores morales y los principios políticos de la democracia. Trabajo baldío. ¿Quieres creer que hasta los que más clamaban contra la “servidumbre voluntaria” de la nación me incitaban a ejercer un “liderazgo” en la asociación? Siento decirlo, pero debo hacerlo: los que hablan así no han comprendido, ni comprenderán nunca, el espíritu que inspiró el ideario que les presenté.
Si ni los más sedicentes demócratas son capaces de resolver su contradicción íntima entre el deseo de ser “libres” y el de ser “conducidos”, ¿como va a estar nuestro país preparado para recorrer el camino hacia la democracia? Por eso, a tu pregunta: “¿Hemos dejado de ser esclavos que buscan a amos que los dirijan?”. Mi respuesta es: rotundamente, NO.
Y a estas otras: “¿Cómo podríamos conseguir sociedades democráticas con gente que no sabe andar el camino con compañeros, con iguales, que necesitan sentirse por debajo o por encima de los demás? ¿Cómo podríamos conseguir sociedades democráticas sin espíritus críticos y libres?”. Con gente así, que no sabe caminar al lado de sus compañeros, ni por encima ni por debajo de ellos, y sin espíritu crítico y libre, NO LO CONSEGUIREMOS JAMÁS.
En otro momento hablaremos de la necesaria “revolución interior” de que tú hablas y que Tocqueville llamaba “revolución de las inteligencias”. Porque es imprescindible que ocurra antes de que podamos soñar con una revolución democrática, y a los españoles nos hace más falta que comer.
Sigue pensando, por favor, y comunícame tus pensamientos. Nunca sabrás cuánto me estás ayudando. Puedo equivocarme, pero, después de dos años en Internet, tal vez seas la primera persona con la que estoy en verdadera sintonía. Creo que tienes la suficiente humildad para enseñar y la necesaria generosidad para aprender.
Un cordial saludo.
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Comentario y respuesta en LA CORRUPCIÓN POLÍTICA Y EL AMOR A LOS PARTIDOS [Publicado simultáneamente en Filosofía Digital]
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