Un aldabonazo

Filed at 10:53 pm under Artículos by Manuel Lissén

Este “aldabonazo” suena tan actual y certero que me escuece. “Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!”

¿Cabría decir lo mismo en nuestros días?

***

Ortega y Gasset. Crisol, 9 de Septiembre de 1931

“Desde que sobrevino el nuevo régimen no he escrito una sola palabra que no fuese para decir directa o indirectamente esto: ¡No falsifiquéis la República! ¡guardad su originalidad! ¡No olvidéis ni un instante cómo y por qué advino! En suma: autenticidad, autenticidad…

Con esta predicación no proponía yo a los republicanos ninguna virtud superflua y de ornamento. Es decir, que no se trata de dos Repúblicas igualmente posibles -una, la auténtica española, otra, imaginaria y falsificada- entre las cuales cupiese elegir. No: la República en España, o es la que triunfó, la auténtica, o no será. Así, sin duda ni remisión.

¿Cuál es la República auténtica y cuál la falsificada? ¿La de «derecha», la de «izquierda»? Siempre he protestado contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras, que no responden al estilo vital del presente -ni en España ni fuera de España. (….) No es cuestión de «derecha» ni de «izquierda» la autenticidad de nuestra República, porque no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el «radicalismo» -es decir, el modo tajante de imponer un programa-. Por muchas razones, pero entre ellas una que las resume todas. El radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Sólo entonces puede aquél proceder perentoriamente y sin miramiento a operar sobre el cuerpo de éste. Pero es el caso que España -compárese su historia con cualquier otra- no acepta que haya ni absoluto vencedor ni absoluto vencido.

(… ) Pero en esta hora de nuestro destino acontece, además, que ni siquiera ha habido vencedores ni vencidos en sentido propio, por la sencilla razón de que no ha habido lucha, sino sólo conato de ella. Y es grotesco el aire triunfal de algunas gentes cuando pretenden fundar la ejecutividad de sus propósitos en la revolución. Mientras no se destierre de discursos y artículos esa «revolución» de que tanto se reclaman y que, como los impuestos en Roma, ha comenzado por no existir, la República, no habrá recobrado su tono limpio, su son de buena ley. Nada más ridículo que querer cobrar cómodamente una revolución que no nos ha hecho padecer ni nos ha costado duros y largos esfuerzos. Son muy pocos los que, de verdad, han sufrido por ella, y la escasez de su número subraya la inasistencia de los demás. Una cosa es respetar y venerar la noble energía con que algunos prepararon una revolución y otra suponer que ésta se ha ejecutado. Llamar revolución al cambio de régimen acontecido en España es la tergiversación más grave y desorientadora que puede cometerse. Lo digo así, taxativamente, porque es ya excesiva la tardanza de muchas gentes en reconocer su error, y no es cosa de que sigan confundidos lo ciegos con los que ven claro. Se hace urgentísima una división de actitudes para que cada cual lleve sobre sus hombros la responsabilidad que le corresponde y no se le cargue la ajena.

Las Cortes constituyentes deben ir sin vacilación a una reforma, pero sin radicalismo -esto es, sin violencia y arbitrariedad partidista-. En un Estado sólidamente constituido pueden, sin riesgo último, comportarse los grupos con cierta dosis de espíritu propagandista; pero en una hora constituyente eso sería mortal. Significaría prisa por aprovechar el resquicio de una situación inestable, y el pueblo español acaba por escupir de sí a todo el que «se aprovecha». Lo que ha desprestigiado más a la Monarquía fue que se «aprovechase» de los resortes del Poder público puestos en su mano. Una jornada magnífica como ésta, en que puede colocarse holgadamente y sin dejar la deuda de graves heridas y hondas acritudes, al pueblo español frente a su destino claro y abierto, puede ser anulada por la torpeza del propagandismo.

Yo confío en que los partidos (…) no pretenderán hacer triunfar a quemarropa, sin lentas y sólidas propagandas en el país, lo peculiar de sus programas. La falsa victoria que hoy, por un azar parlamentario, pudieran conseguir caería sobre la propia cabeza. La historia no se deja fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más absolutamente a los estupradores.

Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!»

La República es una cosa. El «radicalismo» es otra. Si no, al tiempo.

***

Nota personal: Ya no estamos en una República y hoy no es 9 de Septiembre de 1931. Ortega y Gasset hace tiempo que nos dejó, pero aquí estamos, forjando un nuevo Crisol, repitiendo lo mismo:

¡La democracia no es esto, no es esto!

3 comentarios en “Un aldabonazo”


Publicado por
Jesús Nava
March 19th, 2007
at 3:45 am

Enhorabuena, Manuel, por rescatar este texto de Ortega y Gasset que desconocía. A Ortega se le ha acusado, sobre todo por parte de republicanos radicales, de precursor del fascismo en España. No sé qué habrá de cierto en ello ni me importa. Contribuyó, junto con otros intelectuales, como Pérez de Ayala, Marañón o Machado, a traer una República que no querían, hasta donde yo sé, ni de derechas ni de izquierdas, sino democrática. Pero el espíritu de partido, reaccionario en un caso, revolucionario en otro, la hizo fracasar. Porque, como ya apuntó Montesquieu, para que triunfe y se asiente la libertad no basta que haya democracia, sino que la sociedad sea virtuosa y el Estado moderado.

El pasado no puede volver, porque es irrecuperable. Pero puede reproducirse como parodia y farsa. Especial empeño parecen poner en ello las izquierdas. Por el contrario, algunos, que no todos, de los que aborrecemos este sistema partitocrático corrupto desde su nacimiento mismo, abogamos por la instauración de una democracia constitucional, donde la soberanía resida en el pueblo, pero donde la mayoría esté sometida también al freno de la ley y obligada a respetar a las minorías. Una democracia, por tanto, que no sea ni de derechas ni de izquierdas (como pretenden los grandes partidos), sino popular y libre, donde todos los partidos e ideologías tendrán cabida y podrán intentar lograr la hegemonía en la opinión pública para gobernar en nombre de la mayoría. De ese modo tendremos, por fin, un gobierno del pueblo, y no como ahora, manden las derechas o las izquierdas, un gobierno de partido.

De ahí que sea muy oportuno, en efecto, decir ya a los dos grandes bloques ideológicos que tienen, una vez más, dividida a la nación: ¡No es esto! ¡No es esto! La democracia, no es esto. ¿Qué es, entonces? Pues lo que venimos repitiendo y no nos cansaremos de proclamar desde esta modesta asociación: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Y lo seguiremos repitiendo frente a quienes tildan esta descripción del ideal democrático de Lincoln como utópica o, lo que es peor, como vulgar y demagógica.

Un abrazo, compañero.


Publicado por
Manuel Lissén
March 19th, 2007
at 9:44 am

Gracias Jesús. Con Ortega me pasa como con Serrat: me gustan muchas cosas de su obra, pero nunca he querido meterme en conocer su vida por miedo a decepcionarme. ¿Has leído la “carta a los niños españoles”? Es quizás, junto con la Rebelión de las Masas, parte de una obra que, a pesar de los 80 años que nos separan, sigue sonando actual. Siempre me he preguntado cómo es posible: si es porque España lleva 80 años estancada, o es porque los españoles siempre hemos sido iguales, a pesar de las circunstancias.

Inicialmente iba a sustituir en el artículo la palabra “república” por “democracia”, pero luego pensé que mejor no alterar las palabras del pensador. El efecto sigue siendo el mismo y al menos a mí me hace pensar sobre todo la frase que cierra el artículo: sí que me tira decir lo mismo en nuestros días: “Democracia es una cosa. El radicalismo es otra. Y si no, al tiempo.”

Un abrazo.


Publicado por
Gundisalvo
March 19th, 2007
at 4:20 pm

¿Cuántas veces más otras generaciones han de repetir en este país “no es esto”?

¿Quién va a cambiar aquí, y ahora, esta democracia absolutista?

¿Cuántos ciudadanos creen necesario un cambio? ¿Cuántos están dispuestos a movilizarse por ese cambio?

Creo que mis nietos seguirán repitiendo “No es esto”, “No es esto”…

Deje su comentario