¿Sabemos realmente lo que es la democracia? (y 2)

Filed at 2:23 pm under Artículos and Opinión by Manuel Lissén

El otro día terminé la primera parte de este artículo con una sentencia que me parece terriblemente grave: los tiranos del mundo moderno se denominan “demócratas”.

Hubo un tiempo en el que los comunistas y los fascistas se reían de la democracia y cuando les preguntaban acerca de su condición política respondían con sarcasmo: “¿Demócrata yo? No, gracias.” Pero la sensación de fortaleza de las ideologías se ha desvanecido lo suficiente como para que las propias ideologías tengan que vestirse de demócratas: eurocomunistas, liberalconservadores, socialdemócratas, verdes… y, sin embargo, para todas las ideologías la democracia es un medio a través del cual conseguir un fin, ya sea éste la dictadura del proletariado, la justicia socialista, la liberación del mercado del control de los estados…

La democracia es un concepto instrumentalizado, un útil al servicio de los partidos políticos. Como nadie sabe realmente lo que es la democracia, los partidos imponen SU propia versión de la democracia, conlleve ésta la abolición del estado, la restricción de la propiedad o de las libertades civiles, la anulación del individuo, la manipulación social a través de los medios y lo que venga por delante. Así vista, la democracia es un concepto vaporoso que sirve para difuminar los auténticos propósitos de quienes la codician, pero no tiene nada de auténtico; nada por lo que luchar.

Si atendemos a la descripción que hace Platón en La República, muy pocos de los gobernantes de nuestro tiempo serían demócratas auténticos; de hecho, la mayoría serían oligarcas, desde el punto y hora que sirven a los intereses de una élite, y una cierta minoría serían tiranos, puesto que ejercen el poder por y para sus propios deseos. Sin embargo, de nada serviría decirle a la cara a políticos como Rajoy o Zapatero que no son demócratas, no tanto porque no les afectara a ellos personalmente como porque la respuesta social sería hipócrita y se volvería contra nosotros. España no es un país puritano para ciertos asuntos domésticos, pero en lo que respecta a la política no se puede llamar a las cosas por su nombre. En definitiva, este país sigue siendo lo mismo de siempre: los políticos apestan, pero todos tienen su cohorte de moscardones; el resto, los que vemos el espectáculo desde la barrera, nos hemos acostumbrado a que ESO es la democracia, como los habitantes de un pueblo aledaño a una planta química se acostumbran al aire que respiran. En el camino nos hemos dejado absolutamente todo: si nos marcháramos a otra parte, la gente de allí rehuiría de nosotros por el olor impregnado a nuestro cuerpo, o se reiría de nosotros por nuestro cliché de catetos, pasotas y listillos, y nosotros – infelices – andaríamos confundidos, porque echaríamos en falta el zumbido de las moscas y la tranquilidad de ver cómo todo se va pudriendo y la vida sigue igual.

Hay un instinto clavado en lo más profundo de nuestro ser que nos ataca a las rodillas y al estómago y nos hace endebles. Lanza un grito abismal que se proyecta desde nuestra consciencia más recóndita sugiriéndonos una retirada a tiempo o un ataque preventivo, un grito que acalla nuestras dudas, que nos invita a dejarnos llevar por los sentidos. Todos tenemos un tirano interior, un ser tan inteligente que sabe cuántas fuerzas reunimos y qué clase de tirano podemos ser: del tipo que sobrevive imponiéndose, o del tipo que sobrevive dejándose llevar. Si el propósito elemental de toda vida es sobre – vivir, está claro que hay un juego resultante de las fuerzas colectivas intentando sobrevivir y su acumulación en el tiempo da lugar a la historia y a los diferentes órdenes sociales. Si cada ser humano lleva en su interior un fuerte o un débil, existe una cierta convención según la cual los fuertes y los débiles conviven. Pero en ninguna parte se asegura que esa convención, ni ese orden social, ni esa visión de los seres humanos sean características de la democracia.

*

Podríamos enzarzarnos en una lucha semántica por imponer un concepto de democracia. En esa lucha tendríamos que ser más fuertes que las fuentes de difusión de los conceptos alternativos. ¿Cómo se hace eso? Podríamos abanderar la lucha por nuevos derechos, por un nuevo orden, por una renovación democrática de abajo a arriba. Para ello, o bien podríamos formar un nuevo partido político, o bien constituirnos en una asociación capaz de planificar y desarrollar con éxito iniciativas legislativas populares, por ejemplo. ¿A dónde nos llevaría todo esto? ¿Cuántos escaños nos harían falta para alumbrar la verdadera democracia? ¿Cuántas firmas tendríamos que recoger?

Al final estamos como al principio; sin respuestas. Somos un puñado de gente libre, honesta y risueña, que deciden asociarse como ciudadanos libremente por la democracia, pero ¿qué es la democracia? ¿Dónde está la raíz del árbol podrido que nos enoja?

En la alcd, durante nuestro encuentro en Sevilla el pasado día 4 de Agosto, llegamos a poner en común una concepción de la democracia que podemos resumir en estas ideas:

Hay democracia:

1. Donde el ciudadano es soberano.

2. Donde las elecciones son realmente libres y el sistema electoral garantiza el respeto por igual a todos los votantes y exige un ejercicio político honesto al servicio de los ciudadanos.

3. Donde los poderes del estado están divididos y separados.

4. Donde los derechos y deberes de los ciudadanos están plenamente reconocidos y garantizados.

5. Donde existen leyes plenamente democráticas, aceptadas por los ciudadanos.

6. Donde existe la libertad y la oportunidad de comunicar la verdad y donde la transparencia es una condición indispensable para el ejercicio del poder.

7. Donde la sociedad civil tiene un papel autónomo y relevante como contrapeso del estado.

Esta es una magnífica enumeración de las raíces podridas de nuestra organización social. Podemos encontrar otra no menos válida en el manifiesto por la regeneración democrática de basta ya. En el blog de regeneración democrática se alumbran las mismas ideas cuando el autor dice – y cito -:

“No podemos permitirnos el lujo de adscribirnos, en este mafio-orden de pseudo-cosas, a una concreta ideología. Sintiéndolo mucho, la cintura no es la esencia de la democracia. Aquí y ahora tenemos un problema previo, ancestral. Un problema galopante y de colosales proporciones. Un problema de (des)legitimación, de (i)representatividad, de falta de democracia efectiva. De valores. El ninguneo constante y deliberado de la población en favor de los particulares y en gran medida espurios intereses de una casta política que, como tal, mira exclusivamente hacia su propio ombligo”

Tenemos indicios más que suficientes como para pensar que el rechazo de la situación política actual está llevando a mucha gente a rechazar los conceptos de democracia al uso y a mirar más allá. Todos nosotros caminamos hacia un mismo sitio, cada uno siguiendo una trayectoria diferente, pero no deberíamos engañarnos a nosotros mismos y decir a los demás que esto que traemos es LA democracia. Aún lo tenemos todo por aprender sobre lo que es realmente esta cosa que nos preocupa.

Para andar el resto del camino tenemos que cubrir un campo todavía más amplio de la comprensión humana. Nos hemos querido aproximar a la democracia desde la razón y desde la sensación. ¿Qué nos queda por ver? Pensemos por un momento en nosotros mismos, gentes del microcosmos de la alcd: ¿tenemos bandos entre nosotros? Debería haberlos, habida cuenta de que nos hemos enfrentado (intelectualmente hablando) sobre muchos aspectos puntuales de nuestra acción, por ejemplo, en un tema tan sencillo como el contenido de nuestro voto o la posibilidad de entrar directamente en política. Si afináramos más, descubriríamos que tampoco manejamos un concepto único de democracia (¿El gobierno de, por y para el pueblo? ¿Una asociación libre de ciudadanos?…) y que, tomados uno por uno, pensaríamos diferente. ¡Pero es que ésta es precisamente la raíz de la democracia en que creemos! A nosotros nos parece natural y nos alegramos de discrepar, puesto que en esa discrepancia nace algo más grande que nuestras posturas individuales: la posibilidad de llegar a un acuerdo. Si pensamos de este modo es porque hay una democracia más profunda que la democracia de las leyes y de los principios.

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Un país de ovejas no necesitaría ser demócrata, ni parecerlo: su pastor las llevaría a todas de la mano y éstas vivirían tranquilas hasta el día en que les tocara ser sacrificadas. Un país de lobos tampoco necesitaría ser una democracia ni aparentarlo: no habría ningún orden salvo el dominio del más fuerte y nadie discutiría la jerarquía establecida por éste. Pero somos hombres libres, cuajados de dignidad, y no podemos conformarnos con lo que hay, porque lo que hay no nos deja ser auténticos ni autónomos. Creemos en la libertad y la igualdad de todas las personas y, si bien no sabemos qué es realmente la fraternidad, ni si deberíamos sustituirla por la coherencia o la subsidiariedad, tenemos muy claro que somos individuos y que estamos hechos para vivir, crecer y llegar a nuestra plenitud en comunidad.

La democracia que nos convierte en un grupo es ante todo, algo humano, cotidiano y palpitante, no es sólo un concepto o una utopía. La causa que nos anima no la hemos aprehendido sólo a través de la imaginación ni el pensamiento: la hemos vivido, en una forma congestionada por la realidad, retraída a su mínima expresión, sí, pero real y profunda. Si no fuera así, no seríamos más que una tropa de bloggeros con cultura e inquietudes, pero resulta que estamos enamorados de la libertad y enamorados de nuestro país – de sus gentes -, y ese enamoramiento querríamos llevarlo a una forma de vivir en comunidad lo más plena posible; si no fuera así, ¿para qué ponernos cara? ¿Para qué llamarnos por nuestro nombre? ¿Para qué hablar claro y organizarnos para seguir creciendo?

Pienso que la democracia se esconde justo ahí, en el origen de ese amor por la libertad y por aquellos que nos rodean; no tenemos necesidad de inventar neologismos. Para este amor no bastan palabras ni buenas intenciones, pero, además, supone una apuesta a todo o nada: ¿Cómo podríamos conformarnos con esta clase de democracia en la que los ciudadanos sólo “cuidamos” de nuestro mundo cada cuatro años y en papeletas? ¿Cómo podríamos quedarnos satisfechos viendo que hemos contratado a un jardinero que se ríe de nosotros en nuestro propio jardín? Esto no es ni lo MÍNIMO que podríamos exigirnos a nosotros mismos si realmente fuéramos auténticos ciudadanos.

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La democracia no es un concepto ilustrado ni un sistema de leyes. Demócrata es un país radicalmente ordenado en torno a la experiencia de dignidad, libertad e igualdad de todas las personas que lo habitan y transitan. Eso, o nada. ¿Dónde encontramos este pilar en las democracias modernas? ¿En los preámbulos de sus constituciones? Por patético que parezca, la democracia, sea lo que sea, está más sobre el papel que en el mundo real.

Pasemos entonces a la acción. No se le puede explicar a la gente por qué merece más la pena vivir un día de pie que toda una vida arrodillado. No sirve argumentar los beneficios de una reforma institucional a quien se siente conforme con lo que tenemos. Jamás nos comprenderemos con quien nos prejuzgue ni con quien no quiera escucharnos. Sus posturas son libres y no podemos, frente a ellas, más que mostrar respeto. Cada vez que lleguemos a este atolladero, pensemos en qué clase de democracia creemos y qué democracia estamos preconizando, qué papel juega la libertad humana en nuestro mensaje, cuánto espacio estamos dejando a los demás para acomodarse en nuestros esquemas. Seamos todavía más atrevidos, rompamos todos los esquemas, no con palabras ni grandes propuestas: las palabras ya están todas dichas, las propuestas están todas inventadas, ahí, esperando alguien que las ponga en movimiento. Construyamos una democracia desde nuestros principios, una democracia humana, que tenga espacio para madurar y crecer un nuevo día, y que cuando la veamos llegar a su vejez, sepamos comprender que esa vejez no es la suya sino la nuestra.

Yo no sueño con palacios blanqueados ni semidioses parlamentando en nombre de una sociedad modélica. Yo sólo quiero un patio de vecinos con muchas plantas y un limonero enorme, y vivir tranquilo con mi conciencia.

FIN

PD: Para quien quiera jugar a hacer del mundo un sitio perfecto, le recomiendo lo siguiente.

Un comentario en “¿Sabemos realmente lo que es la democracia? (y 2)”


Publicado por
J.J. Sánchez
August 27th, 2007
at 10:53 pm

Pues por un error el comentario que tendría que vernr aquí lo he insertado en la primera parte del artículo.
Mis disculpas y me remito al miismo.
Saludos.

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